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La poética del peregrinante es la poética de la interrogación.
Ni la poesía, ni ninguna otra forma que adopte su poética,
ya sea el relato, el aforismo o el ensayo, puede tener otra fuente que
la autoconmoción que sacude las certezas. Las certezas son las
detenciones del peregrinante. Sin embargo, lo opuesto de la certeza no
es la inseguridad temerosa, la indecisión pusilánime o la
dubitación paralizante sino la determinación de atravesarla
sin detenerse en su órbita, sabiendo que la certeza no tiene otra
amplitud que nuestro alcance.
La peregrinación no es otra que rebasar, traspasar las murallas
que confinan en ese alcance. En vano querrán los detectores de
sectas, mundiales y barriales, oficiales o clandestinas, haber descubierto
una de las que hasta ahora nada habían oído. Los Peregrinos
de la Comunidad Dispersa saben que toda prédica, por maravillosa
y extraordinaria que suene, no tiene otro alcance que la dimensión
del que la dice y el que la escucha, y que esa dimensión nada tiene
que ver con los títulos o jerarquías religiosas, políticas,
científicas o lo que se quiera. El no conformismo con esa dimensión
es, precisamente, lo que lleva a ser peregrinante.
Y como no hay cónclaves o citas, ni presentaciones formales, ni
registro de miembros, ni aviso de pertenencia, ni forma alguna de identificación,
se es o no se es "Peregrino de la
Comunidad Dispersa" en tanto se muestre la determinación
de trasponer las murallas de la certeza, todo lo que fije la dimensión
de la vida a un alcance intelectual o emocional. El encuentro que produce
esa determinación no es del tipo convencional, no requiere que
dos o más personas confluyan más que en la presencia alerta
ante lo que se vive, aunque nunca una sepa acerca de la otra, aunque las
separen siglos y milenios. Esa es la esencia de esa Comunidad. Y por eso
es Dispersa.
Podrá aducirse que es fácil formar una comunidad así,
en la que uno no es cuestionado o interpelado directamente por otro. Quien
lo dice, ignora que los habituales cuestionamientos y ejercicios de crítica
y autocrítica no son más que modos de autoafirmar la seguridad
y la autopresunción intencional, volvernos más diplomáticos
y más astutos, pero no más sabios, más inocentes
o más profundos.
La interpelación que transforma es la del corazón, no la
del discurso. La diferencia es que cuando el corazón interpela,
los habituales reflejos argumentativos quedan aniquilados antes de asomar
las palabras. Se desarticula el engranaje de la justificación tanto
como el atajo engañoso de la culpa. Simplemente exige de uno la
respuesta anímica completa, sin cálculo ni reticencia, sin
el filtro de lo que conviene o no a la tiranía de la autoimagen,
sometida al control de la mirada social.
Sin embargo, no hay entre los "Peregrinos..." un credo anarquista,
si por tal se entiende creer que para liberarnos basta tirar abajo los
íconos del poder. Sería una tarea inútil, ya que
esos íconos están y permanecen ahí, porque ocupan
el espacio que, desde muy temprano, desde niños, vamos resignando
y escamoteando al espacio que le cabe al corazón indagante e interpelante.
Demolidos por una rebeldía antisistema, los símbolos eternos
del poder volverían a rearmarse con otra imagen y, ora en nombre
de la justicia, ora en nombre de la libertad, siempre en nombre de valores
supremos, volveremos a dar la espalda al hombre que da sentido a la libertad
y la justicia. Cuando nos volvemos esclavos de nuestra mirada, cuando
nuestro juicio de valor evita entrar en crisis y se parapeta detrás
de dogmas, doctrinas y teorías, da lo mismo en qué bando
nos situemos o qué consignas defendamos, estamos tomando partido
por nuestra máscara.
Precavidos de esa tendencia tan típica de lo humano, atravesamos
de noche las murallas de la ciudad y nos hacemos a la marcha sin equipaje,
confiados a la orientación que nos vaya dando la poética
de la interrogación.
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