Mensaje encontrado en una botella.
Los marineros de un navío extraviado de ruta, encontraron un mensaje dentro de una botella que flotaba en alta mar, acerca de cuyo tiempo de errática deriva nadie supo dar cuenta.
El mensaje venía rotulado con la letra griega
(fi), que, como se sabe, es también el “número de oro”, la “sección áurea” en que se basan las proporciones de las criaturas de la naturaleza y que fuera adoptada como matriz constructiva de todas las grandes creaciones artísticas desde la más remota antigüedad.
Pero, al ser estudiada con más detenimiento la grafía del símbolo
, se advirtió que también se había querido superponer, en un trazo críptico, tres letras del alfabeto latino: (P) (C) (D).
Los eruditos en cofradías y hermandades, luego de descartar variadas hipótesis, acordaron que las mismas abreviaban la sigla:
Peregrinos de la Comunidad Dispersa.
Poco pudo saberse de sus miembros, salvo que cultivaban el arte de la soledad alerta, que los llevaba a mantener entre sí una extraña forma de diálogo silencioso, independiente del tiempo y la distancia, consistente en dar noticia de su deriva interior solo cuando el corazón desbordaba una señal. Según estas señales, provenientes de los más remotos tiempos y lugares, y que captaba el que se atrevía a sintonizar la zona de incertidumbre orientando su antena en la oscuridad, cada uno iba armando su hoja de ruta.
A uno de aquellos solitarios impertérritos debemos esta señal, el mensaje de la botella, que es la clave imprescindible para descifrar “la poética de la interrogación”.
NADA ES SERIO EN LA VIDA,
SÓLO LA VIDA ES SERIA.